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 De Cuenca a Santiago por asfalto, a través de la Ruta de la Lana

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victormiguel



Cantidad de envíos : 2
Fecha de inscripción : 06/07/2012

MensajeTema: De Cuenca a Santiago por asfalto, a través de la Ruta de la Lana   Vie 06 Jul 2012, 8:16 pm


DE CUENCA A SANTIAGO EN BICICLETA, A TRAVÉS DE LA RUTA DE LA LANA

DEL 9 AL 21 DE JUNIO DE 2012

VÍCTOR MIGUEL SAIZ MARTÍNEZ



A. EL MOTIVO

B. LA HISTORIA

C. LA BICICLETA, LA PREPARACIÓN Y EL EQUIPAJE

D. LA DEDICATORIA

E. LAS ETAPAS

F. LAS CIFRAS

G. LAS CONCLUSIONES

H. LOS CONSEJOS



A. EL MOTIVO

Es curioso, pero cuando acabé la durísima Ruta de la Plata en 2011, sobre todo por la ola de calor que padecí, me dije a mí mismo que no volvería a realizar algo parecido, al menos en unos años. Una vez pasada esta etapa negativa, y sabiendo que tenía que asistir a una boda en Galicia el día de San Juan, comenzó a rondarme la idea de embarcarme en otra aventura, en este caso saliendo desde Cuenca, para realizar la llamada Ruta de la Lana hasta Burgos y, desde aquí, seguir por el Camino Francés que ya había hecho íntegro en 2004, para llegar a tiempo al enlace, aunque fuera vestido con el culotte y el maillot.
El por qué es más o menos el mismo que en otros “Caminos”: una mezcla de aventura, reto personal, cierta búsqueda de soledad, la filosofía del Carpe Diem, de la que, con los achaques físicos de la edad, cada vez soy más seguidor y la posibilidad de visitar “a mi bola” pueblos y parajes espectaculares, utilizando para ello un vehículo tan liviano como una bicicleta, llevando por todo equipaje unas alforjas con menos de diez kilos de peso.

B. LA HISTORIA

La Ruta de Lana es el camino que seguían los esquiladores, ganaderos y comerciantes relacionados con las mercancías de la lana y derivados de esta, y unía al gran productor ovino de La Mancha con Burgos, capital comercial de este tejido durante los siglos XVI y XVII.
Existe una peregrinación documentada por esta ruta en la primavera de 1624, realizada por Francisco Patiño, María Franchis y Sebastián de la Huerta, que salieron de la localidad conquense de Monteagudo de las Salinas, por lo que ésta se considera el punto de partida de la misma, aunque se ha ampliado hasta Alicante, coincidiendo en su trazado entre esta ciudad y la de Villena con el Camino de Levante.
Muchos de los tramos de este recorrido coinciden, aunque en sentido inverso, con el conocido como Camino del Cid.

C. LA BICICLETA, LA PREPARACIÓN y EL EQUIPAJE

Me remito a lo dicho en mis diarios correspondientes a otros Caminos realizados, que aparecen en mi blog victormiguelsaiz.blogspot.com, fundamentalmente en los relativos al Camino de la Costa de 2008 (donde detallo pormenorizadamente el equipaje que he llevado en todos mis recorridos) y a la Ruta de la Plata del año pasado (donde ya utilicé la misma bicicleta que en esta Ruta de la Lana).

D. LA DEDICATORIA

En este caso tampoco soy muy original, y dedico este diario fundamentalmente a Rosi, por su impagable ayuda y aguantar estoicamente mis neuras los días previos a la partida, a mi madre, a mi padre, y a todos aquellos familiares y amigos que, de una u otra forma, aliviaron mis momentos de soledad preocupándose por mí y dándome unos ánimos que me vinieron muy bien para elevar la moral. De verdad, gracias.



E. LAS ETAPAS

1ª. Cuenca-Trillo. 113 km-6:10 h-18,5 km/h

Tras realizar ayer viernes el viaje Alicante-Cuenca en coche, transportando la bicicleta, he dormido bastante bien, sin calor y sin ruido, porque a pesar de que se celebraba la fiesta del barrio y hubo música hasta altas horas de la madrugada, mi encantadora madre me preparó la habitación del lado opuesto, y apenas la percibí levemente.
A las siete de la mañana me levanto, me visto y salgo a la terraza. Hace un sol estupendo pero con bastante frío, así que me pongo el chubasquero, desayuno y me hago un buen bocata, mientras mi madre se despierta para darme un beso de buena suerte, que unido al de Rosi, seguro que contribuirá a que mi aventura llegue a buen puerto. Son poco más de las ocho cuando paso por el Pelusa para despedirme de Chato, pero está cerrado, así que continúo atravesando la ciudad para dirigirme a Nohales. Con los primeros repechos me quito el chubasquero, y casi sin darme cuente llego a Chillaron. Sigo por la nacional absolutamente vacía entre campos ya casi amarillentos, hasta la localidad de Torralba ,
deteniéndome en su plaza mayor, en la que en mis buenos tiempos hice más de un recorte a bravas vaquillas, para beber agua en su fuente. Me encamino ahora hacia Albalate de las Nogueras por un terreno bastante llano, y en poco tiempo cruzo varios ríos (el Albalate, el Escabas en cuyas gélidas aguas me he dado algunos baños memorables, y el Trabaque), entrando de lleno en la denominada Ruta del Mimbre, cuyos alrededores se tiñen en otoño de un rojo llameante. Tras atravesar Villaconejos y encontrarme con el Guadiela, me dirijo hacia Albendea, en cuya plaza mayor doy buena cuenta del bocata que me preparé esta mañana. Estoy ya en la Alcarria de Cela, con pequeños cerros redondeados e infinitos campos de cereal entre amarillos y verdosos. Valdeolivas queda cerca, encaramada en un alto. En la lejanía destaca, poderosa, la torre
románica y cuando llego después de una fuerte cuesta me la encuentro cerrada así que, tras hacer alguna foto al exterior, sigo durante varios kilómetros por pista de tierra en la que no hay ni un alma hasta Salmerón, pueblo en el que pensaba dar por finalizada la etapa. El caso es que es poco más de la una de la tarde, así que decido continuar hasta Trillo que queda a una treintena de kilómetros, y uno de los pocos lugares de la ruta que cuenta con albergue de peregrinos. El problema es que la carretera comienza a inclinarse y me cuesta subir. Las alforjas me tiran hacia atrás y tengo que comerme una barrita energética. A ocho kilómetros de Trillo me quedo sin agua, y lo que es peor, sin posibilidad de conseguirla porque no se percibe presencia humana en muchos kilómetros a la redonda, así que hago de tripas corazón y acelero el ritmo para llegar cuanto antes. A las tres del mediodía, y tras divisar las torres blancas de la central nuclear, llego sediento y agotado a Trillo. Lo primero que hago es irme a un restaurante que me recomiendan, especializado en carnes a la brasa, donde me bebo casi de un trago un litro de agua. Después degusto un plato de oreja, un pincho moruno y una cerveza que me saben a gloria. En la mesa de al lado conversan dos señores sobre la Ruta de la Lana, y aprovecho para preguntarles por el albergue. Casualmente, uno de ellos trabaja en el Ayuntamiento y rápidamente me lo gestiona vía telefónica, citándome en media hora en la puerta del mismo situado cerca de la plaza de toros, para darme la llave. El albergue, una especie de centro social bastante nuevo, cuenta con cuatro camas, aunque sin sábanas, y lo que es peor, sin almohadas, por lo que me tengo que fabricar una con la ropa que llevo. Hago la colada, me ducho y me tumbo a descansar un poco. Sobre las seis de la tarde me levanto y voy a dar una vuelta por el pueblo, que me sorprende bastante por su belleza; situado entre los ríos Tajo y Cifuentes, tiene un precioso puente del siglo XVI, e imponentes cascadas (alabadas por Cela en su viaje por estas tierras) que

hacen del mismo un remanso de paz y frescor (supongo que en su conservación, intervendrá activamente el dinero de la central nuclear). Después de un paseo de más de una hora en el que me cruzo con varios turistas, tomo una cerveza en un kiosco cerca del Tajo, y después voy a cenar un par de tapas a un bar, donde veo la primera parte del Alemania-Portugal de la Eurocopa. Cuando vuelvo al albergue, sobre las 10 de la noche, comienza a refrescar e intuyo que me tendré que meter en el saco.

2ª. Trillo-Sigüenza. 55 km-3:45 h-14,5 km/h

Siempre me pasa lo mismo. Mi primera noche cuando realizo un Camino duermo fatal. Supongo que será la adrenalina, aunque también ha influido el no tener una almohada decente. El caso es que a las siete estoy arriba. Hace fresquito (12º) pero el día amanece radiante. Ayer pregunté la forma de llegar a Sigüenza, ciudad que tengo unas enormes ganas de visitar, aunque está a una veintena de kilómetros fuera de ruta. En cualquier caso, tengo margen porque ayer adelanté bastante, así que cuando llegue a Cifuentes, donde quiero parar a desayunar, lo decidiré en función de las indicaciones que me den y las sensaciones que tenga.
La carretera se empina bastante para salir de Trillo, lo que hace que me duelan las piernas como consecuencia del sobreesfuerzo de ayer. Menos mal que al poco tiempo los músculos se calientan, y remiten las molestias. El cuenta kilómetros (al igual que me ocurrió en el Camino de la Costa), deja de funcionar y en menos de una hora llego a la localidad de Cifuentes, donde desayunando tranquilamente un cliente me indica que el camino más corto por asfalto para llegar a Sigüenza, es la nacional dirección Zaragoza y después, tomar unos quinientos metros de la autovía de Aragón, en la que me asegura que no está prohibido circular en bicicleta (yo tenía entendido que lo estaba en todas las autovías y autopistas), para coger una carretera local dirección Sigüenza, totalizando en total unos 45 km. Decido hacerle caso, y circulo por una nacional en perfecto estado y absolutamente vacía durante 22 km, hasta llegar a la entrada de la autovía, donde compruebo que efectivamente no hay señal de prohibición para las bicicletas. A pesar de ello, acelero por si acaso, y en pocos minutos tomo la salida hacia la ciudad del Doncel. Me encuentro ahora en una carretera local, con un pequeño puerto que subo con soltura, y en cuya bajada se me cruza un pequeño corzo que en poco tiempo se pierde entre la vegetación. Es la una de la tarde cuando llego a esta bella ciudad castellana, y lo primero que hago es buscar alojamiento, quedándome en el recomendable hotel Castilla, donde me dan una estupenda habitación doble, decorada con gusto y remozada recientemente (30 €). Después de una ducha con hidromasaje y el lavado de ropa, salgo a la calle para, en pocos metros, alcanzar la Catedral que presenta un imponente aspecto de fortaleza, y de donde está saliendo la procesión del Corpús. Hago una visita rápida a la misma, porque varias capillas, incluida la del famoso Doncel y la necrópolis, permanecen cerradas precisamente por dicha procesión, así que doy una vuelta por la magnífica Plaza Mayor, construida en el S. XVI por el Cardenal Mendoza, con espectaculares balconadas y soportales, donde aprovecho para tomar una cerveza. Tras leer un poco el periódico, voy a comer a un mesón cercano, antes de volver a mi habitación para ver a Nadal y el Italia-España. Dormito un rato y, después de una agitada tarde deportiva (España empata y el partido de Rafa se suspende por la lluvia), salgo de nuevo a dar una vuelta, recorriendo sus callejas y plazas medievales, el castillo (hoy Parador), la famosa Casa del Doncel, y disfrutando del exterior de algunas iglesias románicas, así como de parte de la muralla, y varias puertas de acceso a la ciudad medieval que permanecen en pie. Tomo un par de cervezas con su correspondiente tapa y un bocata de calamares, antes de volver al hotel completamente solo porque no queda un solo turista, pisando viejos empedrados iluminados por una tenue luz amarillenta, imaginándome que ese escenario no ha debido cambiar demasiado en quinientos años.

3ª. Sigüenza-Tarancueña. 60 km-4,30 h-13,5 km/h

He dormido ocho horas de un tirón, y mi reloj biológico que está programado para despertarme a las siete, hace sonar la alarma. Media hora después estoy desayunando en un bar cercano y un cuarto de hora después, con 17º y un día estupendo inicio mi tercera etapa por una cuesta con una pendiente importante, que hace que tenga que tomar aliento un par de veces antes de culminarla. Después comienzo a circular por una carretera local, dirección Atienza. No me cruzo con ningún coche en un par de horas, y disfruto de un precioso paisaje con trigales verdosos sobrevolados por múltiples rapaces en busca de algo que llevarse a la boca, y minúsculos pueblitos (Imón, Bujalcayado, Cercadillo...) coronados casi siempre por imponentes castillos, reflejo de un pasado esplendoroso, y de las continuas escaramuzas que musulmanes y cristianos llevaron a cabo en estas tierras de frontera. Dos horas después diviso en el horizonte el castillo y parte de la muralla de Atienza, ciudad medieval por la que, según el famoso Cantar del Mío Cid, pasó Rodrigo Díaz de Vivar camino del destierro, y que en la actualidad cuenta casi con más restaurantes y alojamientos que habitantes. Se ve que está enfocada al turismo de fin de semana, por que no hay nadie en sus calles, que recorro pausadamente antes de llegar a una panadería, donde compro unas rosquillas de anís deliciosas, alguna de las cuales degusto observando el paisaje circundante sobre el que se asienta esta población. En una de las plazuelas me informan que a Retortillo de Soria, uno de mis posible finales de etapa, quedan unos veinte kilómetros, aunque con lo que no cuento es con el fortísimo viento que se levanta, y que me da o bien de frente o de costado, de tal forma que incluso en las rectas avanzo con mucha dificultad. En Miedes de Atienza, descanso un rato y bebo agua, antes de acometer la mayor dificultad de la jornada, el Puerto de la Pela, que con unos cinco kilómetros comunica las provincias de Guadalajara y Soria. La pendiente y el viento me desaniman bastante, así que me pongo el plato pequeño, y el piñón más grande, desarrollo que hasta ahora no había necesitado, y comienzo a subir despacio, muy despacio, con el viento que casi me tira de la bicicleta a la salida de una curva. Intento no mirar hacia arriba para no desmoralizarme, pero es inevitable percibir que la cima queda bastante lejos y me va a costar llegar a ella. Continúo metro a metro, con el viento pegándome de pleno y parando muchas veces, por lo que el ascenso se me hace interminable. Menos mal que el último kilómetro cambia la carretera de dirección, y pasa a darme en la espalda lo que me facilita enormemente lo que resta de subida. Así culmino el puerto, y me detengo para beber un poco de agua, mientras disfruto de una espléndida panorámica del valle que acabo de cruzar, rodeado por las gigantescas palas de los molinos eólicos que pueblan toda la sierra, e imaginándome a las huestes de Almanzor cabalgando por estos parajes.
Hasta Retortillo es todo bajada, lo que hace que me presente en el pueblo a la una y media de la tarde. Tengo hambre, así que decido comer en un hostal cercano a la carretera, para ver la continuación del partido de Nadal suspendido ayer, y decidir si me quedo a dormir aquí, o continuar hasta Tarancueña, puerta del fascinante Cañón de Caracena. He sufrido mucho desgaste, y me doy un buen homenaje mientras Nadal gana a Djokovic. Saciado y contento, me animo a ir hasta Tarancueña, así que llamo a una casa rural que tenía anotada para avisarles de mi llegada. El problema es que tardo una hora en recorrer siete kilómetros, porque el viento de cara arrecia y vivo un auténtico suplicio, sobre todo los últimos metros en fuerte subida, antes de iniciar un breve descenso que me deja en esta pequeña localidad de no más de diez habitantes. Pronto localizo la magnífica Casa de Los Arrenes de Tarancueña donde Carmen, su propietaria, que está comiendo con su padre y hermano, me tratará estupendamente (30 € con desayuno). La casa de varias habitaciones, y un salón deliciosamente decorado, la tengo a mi disposición y aprovecho para ver el Inglaterra-Francia en una gran pantalla plana. Hace fresquito, así que me abrigo para dar una vuelta por el pueblo, que debió de tener mucha mayor relevancia en la antigüedad, ya que está situado a escasos kilómetros de Tiermes, importante ciudad celtíbera aliada de Numancia durante sus escarceos con Roma, con numerosos vestigios de esta época y posteriores (romanos, visigodos y medievales), y que tuve el placer de visitar hace años con Rosi.
Antes de cenar con la familia en un ambiente muy agradable, me tomo un par de cervezas en la terraza de la casa, que posee unas magníficas vistas de la Sierra de la Pela y otras montañas cercanas, a las que los últimos rayos de sol “pintan” de un color especial.

4ª. Tarancueña-Ucero. 55 km-5 h-11 km/h

Aunque todas las guías del la Ruta, aconsejan a los ciclistas rodear el cañón de Caracena por su gran dificultad, Carmen me animó ayer a hacerlo ensalzando las maravillas del mismo, sobre todo en esta época, así que me acuesto pensando en arriesgarme. Al levantarme, y después de prepararme (la familia está durmiendo) un estupendo desayuno con zumo, tostadas, mermeladas caseras, jamón de york y queso, me pongo el forro polar porque la temperatura exterior es de 8º, y cojo el camino sin asfaltar que lleva al Cañón. Recorro encima de la bici dos kilómetros, para echar pie a tierra y continuar por senda minúscula, cruzando una y otra vez el cauce (menos mal que hay piedras y lleva poco agua), arañándome las piernas y teniendo, en ocasiones, que subir en brazos la bici
por un terreno bastante escarpado, haciendo verdaderos equilibrios para no caer al río. No importan las dificultades; la absoluta soledad, el verdor del paisaje, el murmullo del agua y los buitres sobrevolando el lugar hacen que disfrute como un enano de la experiencia, aunque sé que no hay cobertura telefónica, y si me ocurriera algo, seguramente no me encontrarían hasta el sábado, cuando pasara por allí el primer senderista. El Cañón desciende salvaje durante siete kilómetros (en los que invierto más de dos horas) en uno de los entornos más sugerentes que el agua ha podido crear, hasta alcanzar la increíble localidad de Caracena, encaramada en un cerro protegida por un castillo, solitaria y misteriosa, que a pesar de estar prácticamente deshabitada cuenta también con puente románico, rollo jurisdiccional barroco, cárcel, casas nobiliarias y dos templos románicos, Santa María, y San Pedro, con precioso pórtico que se desdobla en columnas con desgastados capiteles, algunas de ellas con una torsión que las hace espléndidas. No se me ocurre mejor mezcla de naturaleza y arte para pasar una mañana de primavera, y solo empaña mi deleite la música de los cuarenta principales, que proviene de una casa en obras.
Rota la magia del momento, continúo mi ruta atravesando Fresno de Caracena, con imponente rollo-picota y residencia de Per Abbat, el clérigo que algunos estudiosos señalan como posible autor del Cantar del Mío Cid, y cruzo por un amplio puente el río Duero, que durante mucho tiempo significó la frontera entre los reinos cristianos y el invasor musulmán, y que ha sido testigo de multitud de batallas entre ejércitos de ambos bandos, además de presenciar también guerras civiles entre los propios monarcas de la cruz.


Por ello, son abundantes los restos de fortalezas y castillos que aparecen ante mí, durante mí rodar relajado por una carretera comarcal llana y sin tráfico, acompañado de rapaces de varios tipos que parecen querer saludarme. Al medio día alcanzo El Burgo de Osma, la antigua Uxama celtíbera, que corrió la misma suerte que Numancia o Tiermes y que renació con fuerza en el siglo XII al amparo de báculos y mitras. Entro en la ciudad con el cielo encapotado, bajo la atenta vigilancia de las ruinas del Castillo y cerca de un restaurado puente románico. Rápidamente llego a la Catedral, fusión románica, gótica, barroca y neoclásica, que preside una exquisita plaza irregular formada por casas porticadas, fuente y muralla. Hace frío, y mientras me detengo a comerme unas rosquillas, me pongo otra camiseta, antes de continuar por los soportales de la calle mayor que desemboca en una plaza salpicada de terrazas vacías, presidida por el Ayuntamiento. A la derecha, el antiguo hospital barroco de S. Agustín, y un poco más adelante la Universidad, edificio reconvertido en hotel, que presenta una trabajada portada plateresca. Después me acerco a una tienda de bicicletas, para reparar el cuenta-kilómetros, y me aconsejan cambiarle la pila. Eso hago, tras comprarla en un “chino”, pero sigue sin funcionar, así que lo dejo por imposible.
Hoy me apetece comerme un bocata en un entorno natural, así que compro fiambre, un tomate y una cerveza helada en un supermercado cercano, con la intención de comérmelos en Ucero, entrada al parque natural de Río Lobos, lugar donde pienso dar quedarme a dormir y para el que me quedan quince kilómetros bastante llanos que hago en menos de una hora. Al entrar al pueblo, me llama la atención un hotelito rural con buena pinta, y continúo hasta la orilla del río para degustar tranquilamente el bocadillo, lanzándoles miguitas a los peces. Al terminar voy al hotel que mencioné antes, con la leve esperanza de encontrar un alojamiento económico. Ante mi sorpresa, me ofrecen una maravillosa habitación doble que tiene el sugerente nombre de Alquimia, con una estructura abuhardillada, piedra y madera vista, decoración moderna y funcional en tonos blancos y morados, y dos enormes ventanales que dan al río y a un roquedo donde descansa plácidamente un buitre, por el increíble precio de 30 € (la dueña me comenta que cuesta 90 €). Bendita temporada baja.
El hotel se llama El Balcón del Cañón, y lo recomiendo fervorosamente porque en las pocas horas que estuve en él, me trataron de maravilla a pesar del precio y de ser el único cliente. Disfruto del edredón de plumas y las vistas de la habitación hasta las siete de la tarde, hora en la que salgo a dar una vuelta, visitando en solitario las inquietantes ruinas del castillo, vislumbrando desde lo alto el comienzo del Cañón de Río Lobos, que visitaré mañana, y volviendo al pueblo por un delicioso bosquecillo de pinos y flores, antes de llegar a la entrada de una conducción romana de agua, que atraviesa durante más de cien metros una montaña y que, originalmente, llegaba hasta Uxama (Burgo de Osma). No llevo linterna, pero valiéndome de la luz del móvil, recorro en el más absoluto silencio, esta maravillosa obra de ingeniería de dos mil años de antigüedad.
De regreso, intento tomar una cerveza en un par de bares pero están cerrados, así que vuelvo al hotel para preparar las alforjas para el día siguiente, y cenar de maravilla (me permiten tomar el estupendo menú del mediodía con cerveza y media botella de rioja por 12 €), charlando con una pareja de franceses, a los que aconsejo cruzar el Cañón de Caracena, y disfrutando de un soberbio atardecer sobre las rocas, donde los buitres descansan plácidamente, y las aguas del río Ucero van oscureciéndose poco a poco.

5ª. Ucero-Santo Domingo de Silos. 61 km-5 h-12 km/h

He dormido de fábula y me duele dejar tan espléndida habitación. A las 7,30 bajo al restaurante a desayunar tostadas con tomate y zumo de naranja natural fresquito, y converso con el dueño del hotel, que me indica que lo han construido ellos solos, con la ayuda eventual de algún trabajador y que antes vendían ropa por los pueblos. Me quede bastante pasmado. A las 8,30, forro polar puesto pues la temperatura no supera los 8º, salgo por la puerta en dirección al Parque Natural del Río Lobos, profundo cañón calizo formado por una antigua e intensa erosión fluvial del río Lobos, que se encajona desde Burgos y continúa horadando las calizas cretácicas en Soria recorriendo más de 25 Km, de los cuales quiero hacer al menos la mitad, hasta el llamado puente de los Siete Ojos. Antes de llegar al Centro de Interpretación, cruza por delante de mí un esbelto corzo que se pierde montaña arriba y, poco después, estoy transitando por una pista de tierra en buen estado rodeado de altos farallones, en los que dormitan decenas de buitres leonados, algunos de los cuales comienzan a planear por encima de mi cabeza. La llegada en absoluta soledad a la explanada donde está situada la ermita templaria de San Bartolomé, llena de simbolismos y coincidencias geográficas, con un sol resplandeciente, el murmullo del río, el croar de las ranas y el canto de los pájaros, supone para uno de los momentos más emocionantes del viaje, puesto que, a pesar de que como dice mi sobrino Marcos no soy muy religioso, puedo percibir con intensidad la interacción entre las cosas del cielo y la tierra.
Continuo la amplia senda disfrutando como un enano (cuanto me gustaría que Rosi estuviera aquí) vigilado por los buitres, que han encontrado en este lugar un hábitat
perfecto, cruzando el cauce de un lado a otro con la bici en brazos, y haciendo una foto aquí y otra allá pensando en lo privilegiado que soy en ese momento. Un enorme lagarto de color aceituna, se resiste a que lo inmortalice en mi cámara y se esconde, aterrorizado,
debajo de unas rocas. Poco antes de llegar al puente de los Siete Ojos, encuentro el primer signo de vida humana en toda la mañana, representada por un pastor con un rebaño de ovejas. Desde aquí, salgo del cañón, puesto que unos forestales me aconsejan seguir por carretera, así que me dirijo hasta San Leonardo de Yagüe, donde compro unos pastelillos que como al lado de una fuente, para seguir dirección Burgos. Pasada la pequeña localidad de La Gallega, tomo el desvió en dirección Mamolar, y una vez coronado un pequeño puerto, llego al desfiladero de La Yecla un cañón muy angosto de un kilómetro de longitud, por donde fluye el arroyo del Helechal -afluente del río Mataviejas- y que recorro andando, tras dejar la bicicleta atada a una señal de tráfico. Cuando regreso, sólo me quedan dos kilómetros de bajada hasta llegar a Santo Domingo de Silos, mi destino final de hoy, al que llego a las tres de la tarde. En el primer restaurante que veo, me detengo a comerme un menú del día y hacer tiempo hasta las 16,30, hora en que abre el albergue del Monasterio. Con puntualidad casi británica, aparece el monje alberguero, que resulta ser conquense, y del que fui vecino en el barrio de San Antonio, hasta que a los veintipocos años decidió ingresar en la abadía benedictina. Después de enseñarme el albergue, nuevo y limpio, con microondas y cuatro camas a mi disposición, me pide el DNI y, tras darme la llave, se despide de mí hasta mañana sobre las 8,15, hora en la que después de misa me devolverá el carnet, avisándome que si quiero ver el Monasterio debo ir antes de las seis de la tarde, por lo que me ducho rápidamente y accedo al recinto gratuitamente (ventajas de ser peregrino), para quedarme prendado del magnífico claustro construido entre los siglos XI y XII, con extraordinarios capiteles y relieves, muchos de los cuales se pueden considerar obras maestras de la iconografía románica. Doy una vuelta hasta que me acoplan a una visita guiada, que me permite conocer mejor la historia de esta maravillosa obra de arte, en cuyo centro destaca, altivo, el ciprés (“enhiesto surtidor de sombra y sueño…”) que tan maravillosamente glosara Gerardo Diego en su famoso poema, y que tiene 130 años de edad.
Después del claustro se visita un pequeño museo, una interesante botica del siglo dieciocho y nos indican que a las siete de la tarde los monjes cantan gregoriano en la iglesia anexa, al cual asisto, aunque casi me quedo dormido debido al cansancio.
Al salir de la iglesia doy una vuelta por el pueblo, que tiene algunas casas y callejas antiguas, y una cantidad exagerada de hoteles. Tomo una cerveza y ceno en uno de los pocos bares abiertos, antes de regresar al albergue para poner al día mi diario de viaje, y acostarme poco después.

6ª. Santo Domingo de Silos- Burgos. 60 km-4 h-15 km/h

A las ocho de la mañana, después de dejar un pequeño donativo encima de la mesa, estoy listo y desayunado (leche y cola-cao, que están a mi disposición en una alacena, y los pastelillos que compre ayer), y un cuarto de hora después aparece Alfredo, el monje conquense. Como él tiene ganas de hablar y yo pocas de llegar a Burgos (sé lo que me espera al conectar con el Camino Francés), charlamos animadamente durante cerca de una hora de lo divino (sus motivos para ingresar en el monasterio) y de lo humano (los calamares y boquerones del Pelusa).
A las nueve inicio mi jornada teniendo que tensar los músculos hasta coronar un pequeño puerto, cuya bajada me deja en la preciosa localidad de Covarrubias que invita al reencuentro con un pasado notabilísimo, y que desempeñó un papel fundamental en los aconteceres de la Corona de Castilla. Entre los elementos característicos del lugar están las casas con entramados de madera, algunas de época medieval; el torreón de doña Urraca, del siglo X, aunque tal vez sobre una base mucho anterior; el ayuntamiento, que se dice palacio de Fernán González, y sobre todo la colegiata de los santos Cosme y Damián, que lamentablemente está cerrada. Recorro a pie casi todo el pueblo, disfrutando prácticamente en solitario (todavía no han llegado los turistas), de uno de los conjuntos histórico-artístico más bonitos de los que he visitado en España, a la altura de algunas localidades de la Selva Negra, o de Alsacia.
Desde aquí me dirijo a Burgos, y por el camino me acompaña durante unos kilómetros un ciclista burgalés que está entrenando, precisamente para realizar el Camino Francés.
A la una y media de la tarde llego al enorme albergue de peregrinos de Burgos, casi ya abarrotado por gente de todo tipo de nacionalidades, llamándome mucho la atención el número de orientales (posteriormente me aclararán que casi todos son japoneses o coreanos). Me instalo, hago la colada, ducha, y me voy a comer a un restaurante cercano. El edificio cierra a las diez y media de la noche, por lo que me dará tiempo a ver casi todo el España-Irlanda, así que después de una pequeña siesta, me voy a ver el impresionante museo de la Evolución en el que, a pesar del cansancio, estoy más de dos horas, ensimismado sobre todo lo relacionado con los descubrimientos de Atapuerca y su influencia en el concepto de evolución humana, y sacando como conclusión que existen todavía muchas lagunas temporales que no se si algún día podrán ser explicadas. Al salir busco un bar cercano al albergue para ver el partido, que por otra parte se resuelve pronto a nuestro favor. Antes de acabar me voy a acostar porque estoy realmente cansado y, justo cuando acabo de quitarme las lentillas, se apagan las luces del edificio.

7ª. Burgos-Carrión de los Condes. 110 km-7,25 h-15 km/h

Etapón. A las 7,45 abandono el albergue situado muy cerca de la portentosa catedral gótica para, con un fresco muy agradable, iniciar una larga etapa (pretendo llegar a Carrión de los Condes, a unos cien kilómetros). Antes de dejar la ciudad castellana, desayuno en un bar y comienzo a circular a buen ritmo porque el perfil es llano. Antes de las once me presento en Castrojeriz, pequeño pueblo con un legado importante, y donde visito, como ya hice en 2004, la Colegiata de Santa María del Manzano, construida en 1214. Como he llegado por carretera sin seguir el camino marcado, retrocedo dos kilómetros para volver a ver las ruinas del monasterio de S. Antón, que se utilizó como hospital de peregrinos, y que tanto me impactaron cuando realicé mi primer Camino, puesto que la carretera pasa literalmente por debajo, de lo que fueron dos arcos del pórtico elevado del siglo XVI. Me vuelve a impresionar.
Al volver a Castrojeriz, hago una parada para tomarme una cerveza y un pincho de tortilla, haciendo de intérprete a la hostelera a la que una chica de color solicitaba una habitación.
Me he demorado bastante, así que rodeo la durísima cuesta de Mostelares, que tuve que subir casi andando en 2004, y me dirijo a Frómista. El problema es que comienza a levantarse un fuerte viento de cara que me hace avanzar con dificultad. Circulo bien por carretera, bien por camino y, en Itero de la Vega, atravieso el Pisuerga a través de un magnífico puente románico. Camino de Boadilla en medio de un vendaval, me encuentro a una pareja de ciclistas portugueses, intentando arreglar una de las bicicletas. Paro y me dicen que se les ha roto la cadena y que no llevan la llave adecuada para repararla. Yo si que llevo, aunque les advierto que no sé utilizarla. Me miran como si fuera Dios, y rápidamente la arreglan, dándome las gracias con vehemencia. Continuo y en pocos kilómetros llego a Boadilla del Camino, que cuenta con un bellísimo rollo jurisdiccional gótico, profusamente decorado. Me detengo para contemplarlo y llenar el bidón de agua, y busco la señal del camino, porque en esta localidad comienza el llamado Canal de Castilla, inacabada obra de la Ilustración iniciada a finales del siglo XVII, con el fin de dotar a Castilla de una vía navegable de transporte que incluso llegase al mar en Santander. El Canal rasga el sobrio paisaje castellano, y en sus orillas se ha creado un
interesante ecosistema, en el que se han establecido diversas especies vegetales y animales. Avanzo por terreno llano y a las dos de la tarde llego a Frómista, donde vuelvo a entusiasmarme con la perfecta fábrica románica que es la iglesia de San Martín (aunque lógicamente, está cerrada y no puedo visitar el interior). Estoy cansado y el
viento es horroroso, pero decido llegar a Carrión a comer, por lo que me como un par de barritas energéticas y bebo agua, para aguantar los veinte kilómetros que me quedan. El problema es que, ensimismado en mis pensamientos, me equivoco de carretera y tomo dirección Palencia. No me doy cuenta hasta pasados varios kilómetros, y como no pasa ningún vehículo, paro a un camión que me confirma que voy mal y que tengo que darme la vuelta. Jurando en arameo retrocedo y, sobre las tres, estoy de nuevo en Frómista, donde me detengo a comer y, mientras, pensar si sigo camino Carrión o no.
Termino rápido y decido, sin mucha convicción porque el aire sigue pegando de lo lindo, hacer los veinte kilómetros que me separan de Carrión de los Condes. Cuando voy a tomar la carretera adecuada, el viento me da violentamente de cara y freno en seco, dudando. Hago intención de volverme y, parado en una rotonda, veo a un ciclista circular en dirección contraria, lo que hace que reconsidere mi postura y continúe detrás de él. A veces, los pequeños detalles son los que te hacen tomar decisiones.
No consigo “pillar” a Iker, un ciclista vasco, con el que pasaré buenos momentos en el futuro, y me retuerzo en la bicicleta intentando que el aire me castigue lo mínimo posible. A las cinco y media, destrozado, llego al maravilloso albergue de las Hermanas Clarisas de Carrión de los Condes, en el que me atenderán estupendamente, y donde conoceré a varios ciclistas (nos meten a todos en la misma sala) que iré viendo a lo largo de las siguientes etapas. Con Iker y Oscar me tomo unas cervezas y quedamos en reservar un hostal en León, nuestro próximo destino, para darnos un merecido homenaje.
Me desplazo a un supermercado cercano para hacer algo de compra (pastelillos, barritas, agua y zumo), visito un par de iglesias, llamo a mi amigo Jesús Ángel que, nacido en un pueblo de Palencia, anduvo muchos años por Carrión, y acabo cenando viendo el partido
de la Eurocopa, antes de volver al albergue que cierra a las 10,30. Antes de acostarnos montamos una buena tertulia, y el único peregrino no-ciclista de la sala, que lleva durmiendo un buen rato, pide que nos callemos, lo cual hacemos educadamente.

8ª. Carrión de los Condes-León. 100 km-6,45 h-14,7 km/h

He dormido bien, aunque el peregrino a pie se levantó a las cuatro de la mañana, y nos despierta a todos, aunque hasta las seis no nos iremos moviendo. ¿Dónde irá a esas horas, si es noche cerrada?. No me extraña que luego se pase todo el día durmiendo en el albergue.
A las siete y media salgo el último del recinto, tras desayunar unos pastelillos y el zumo que me compré ayer, y haber quedado con Iker y Oscar en que nos llamaríamos a lo largo de la etapa para ver por donde iba cada cual. Comienzo a rodar comprobando con gran decepción que el viento de ayer sigue soplando, lo cual es una verdadera putada porque el día se va a hacer largo. Voy por la antigua nacional, sin tráfico y en muy buen estado, pero las rectas se me hacen interminables, ya que estimo que no alcanzo más de 12 o 13 km/h. En Sahagún paro a tomar una cerveza y un bocata para reponer fuerzas, y retomo la marcha internándome por un largo tramo de camino de tierra, en el que voy con un poco de miedo, porque el riesgo de pinchazo es alto. Cuando salgo del mismo en dirección al Burgo-Ranero, me prometo a mí mismo no volver a dejar el asfalto. Hablo por teléfono con los ciclistas con los que voy a pasar la noche en León, y decidimos llegar cueste lo que cueste, a pesar de que el viento ha arreciado, y quedamos a comer juntos en Mansilla de las Mulas.
Tomamos un simple bocata, para salir cuanto antes y no amodorrarnos demasiado. Nos quedan veinte kilómetros de sufrimiento, que recorro en hora y media, para llegar a León sobre las cinco de la tarde. Rápidamente busco el hostal, donde lavo la ropa y me ducho para descansar un rato, antes de la llegada de Iker y Oscar media hora después.
Ellos también se tumban, y dormitamos en la habitación hasta las siete de la tarde, hora en que salimos a ver el Barça-Madrid de basket. Cuando termina, damos una vuelta para ver el exterior de la Catedral, S. Isidoro de León y la Casa Botines de Gaudí, antes de sumergirnos, y nunca mejor dicho, en el llamado barrio Húmedo, que está abarrotado de gente y donde cenaremos opíparamente y tomaremos un par de copas, antes de irnos a acostar sobre la una y media de la madrugada. Quedamos en hacer mañana una etapa más relajada y visitar al menos el interior de la Catedral y S. Isidoro.

9ª. León-Rabanal del Camino. 75 km-4,45 h-15,7 km/h

A pesar de lo acordado, el despertador biológico hace efecto y estamos a las 7,30 en la calle. En la habitación me he comido unos “sobaos” que compré ayer, y salgo por carretera (ellos como siempre por camino señalizado), dirección Astorga. Afortunadamente el aire ha desaparecido y el terreno, aunque pica hacia arriba, es bastante llevadero. En Hospital de Órbigo atravieso el llamado puente medieval del Paso Honroso, donde cuentan las crónicas de la época que en 1434 se celebro un Torneo que duró un mes, y en el que D. Suero de Quiñónes, acompañado de otros nueve caballeros venció a mas de cien contrincantes, aunque sólo uno resultara muerto, para poder liberarse de una argolla que llevaba colgada al cuello como prueba de amor hacia su dama, Dª. Leonor de Tovar. Cuando terminó el torneo, don Suero y sus amigos se dirigieron en peregrinación a Santiago a cumplir con la promesa hecha. Don Suero depositó allí la argolla y la cinta azul que simbolizaba su amor por la dama y en la que estaba escrita una leyenda que lo atestiguaba, casándose con ella poco después.
Allí coincido por última vez, hasta vernos en Santiago, con Iker y Oscar, que aunque van por camino, piensan llegar a Finisterre. Juventud, bendito tesoro que diría el poeta.
En tres horas estoy en Astorga, localidad que ya conozco sobradamente, así que me como un soberbio bocadillo de calamares y un tercio de Mahou, y, después de comprar el periódico que pienso leer echándome la siesta, continúo dirección Rabanal del Camino por un terreno que comienza a picar hacia arriba, aunque el bocata hace milagros y circulo con bastante soltura. Poco después de la una llego al muy recomendable albergue privado El Pilar, regido por una señora encantadora que rápidamente me da la bienvenida. Hay bastante gente pululando por la coqueta terraza interior, que tiene también una barra de bar bien surtida, donde varios lugareños de avanzada edad y en el caso de alguna mujer, de luto riguroso, toman unas tapas, junto a varios peregrinos, casi todos ellos extranjeros y con vestimentas poco recatadas. Me siento en un banco a beber un poco de agua fría y observar detenidamente la escena, que antropológicamente no tiene desperdicio, y de la cual extraigo dos conclusiones: la primera es que el Camino, que supuso en su momento una importante vía de penetración de elementos culturales, sociales y religiosos provenientes del resto de Europa, no ha perdido, diez siglos después, ese carácter globalizador y aglutinador, y la segunda, el avance de la sociedad española en los últimos tiempos porque no me imagino que esta situación se pudiera dar con tanta naturalidad hace treinta años.
Después de ducharme y lavar la ropa, entablo conversación con dos americanas de edad indefinida, que están en las literas de al lado. No tengo hambre, así que me echo a descansar un rato leyendo el periódico. Apenas dormito un poco porque el trajín de peregrinos es incesante, así que salgo al exterior donde me como una buena ensalada, antes de salir a dar una vuelta por la pequeña localidad enfundado en mi forro polar, ya que ha bajado bastante la temperatura. Allí me encuentro de nuevo con las americanas que residen en el estado de Oregón, a las que doy, en inglés, un curso acelerado de cata de vinos, degustando en un bar un Ribera, un Rioja y un Mencía. Me cuentan que el Camino Francés hace furor en su país, sobre todo por la película “The Way”, protagonizada por Martín Sheen.
Son las siete de la tarde y se disponen a cenar. Yo, por razones evidentes de horario, declino su invitación y vuelvo al albergue a recoger la ropa tendida, pedir una manta a la “alberguera” porque la noche se prevé fresquita, y preparar las alforjas para la etapa de mañana, antes de salir a cenar viendo la primera parte del partido del la Eurocopa. Cuando vuelvo al albergue, casi todo el mundo duerme, y me tomo un orujito junto al grupo de ciclistas malagueños a los que conocí en Carrión de los Condes, que hacen tiempo acodados en la barra del bar.

10ª. Rabanal del Camino -Vega de Valcárcel. 70 km-5 h-14 km/h

La noche ha sido fría, aunque gracias a la manta que me dieron he dormido bastante bien. A las siete y media estoy desayunando en la terraza, acompañado de los malagueños.
En esta ocasión no seré el último en salir, porque dejo en el bar a Chema, un ciclista madrileño, que comenzó el Camino en León y con el que compartiré muchas cosas a partir de hoy.
A las ocho comienzo la subida a la famosa Cruz del Ferro, el “techo” del Camino Francés, situada a una altura de 1.500 metros y distante unos siete kilómetros de Rabanal. La pendiente tiene una media de un 5 %, con una rampa final del 7 %, en la que tengo que parar para tomar aliento. La verdad es que, excepto este último tramo, subo bastante bien, siguiendo a un rosario de ciclistas que se retuercen en cada curva, y adelanto a una veterana ciclista italiana que arrastra la bici, y con la que me encontraré durante las siguientes etapas. En la cima hay bastantes peregrinos tanto a pie, como “bicigrinos”.
La Cruz está formada por un poste de madera de unos cinco metros de alto coronado por una cruz de hierro, réplica de la original conservada en el Museo de los Caminos de Astorga .En los últimos años todo el conjunto sufrió varias agresiones, siendo cortado el poste y sustraída la cruz. En su base, con el paso de los años, se ha ido formando un montículo de piedras y objetos personales, lo que le da un aspecto entre místico y pintoresco. Una leyenda cuenta que cuando se construyó la Catedral de Santiago de Compostela se pidió a los peregrinos que contribuyeran trayendo piedra. En todo caso, la tradición es lanzar una piedra, traída del lugar de origen del peregrino para simbolizar que se ha dejado atrás el puerto y redimirse de los pecados. Eso hago, aunque he de reconocer que las piedras que deposité las recogí al salir de Rabanal.
Sobre el origen de la cruz hay varias teorías: pudo ser erigida con el fin de señalar el Camino cuando las frecuentes nevadas lo ocultan a la vista. Asimismo, su origen puede encontrarse en época romana, en los hitos que marcaban la separación de dos circunscripciones territoriales, mientras que para otros se trata de un amontonamiento de guijarros, llamados Montes de Mercurio, que desde época celta erigían los caminantes en lugares estratégicos de los caminos y que luego se cristianizaron con cruces.
En las inmediaciones, un jubilata con la camiseta de “La Roja” vende unas enormes cerezas, a un euro el cuenco. Le digo que me eche unas pocas más, que no soy “guiri” y me agrega un buen puñado. Me cuenta que viene todos los días de cuarenta kilómetros, y que con el coste de la gasolina apenas gana unos euros, pero lo hace porque se lo pasa bien viendo desfilar a los peregrinos (yo creo que más bien a las peregrinas), y chapurreando frases en varios idiomas (quien se lo iba a decir a su edad).
Antes de comenzar el descenso me forro el pecho con el dominical de “El País”, tipo ciclista profesional y me lanzo cuesta abajo, aunque me sorprende que los primeros kilómetros son de grava suelta bastante peligrosa (en 2004 estaba en mejor estado), lo que unido a la niebla reinante hace que descienda, aunque Rosi no se lo crea, con mucho cuidado.
Hacia mitad de la bajada vuelve el asfalto, y casi sin darme cuento llego a Molinaseca, cuidado pueblito que siempre me ha encantado. Allí están almorzando los malagueños, y
me siento un rato con ellos, aunque yo decido llegar a Ponferrada para reponer fuerzas. Me comentan que su destino es Vega de Valcárcel, y aunque el mío es Villafranca, quedo con ellos en llegar hasta allí para ver juntos el partido de España. Media hora después estoy en la capital del Bierzo, y recorro en bici un par de animadas plazas y el exterior del castillo, antes de comerme un bocata en una terraza, que tiene encendidos los radiadores, dado el fresquito que hace.
Al reanudar la marcha entro en un Gadis a comprar algo para comer, porque hoy me apetece hacerlo al aire libre cerca de un río y, si es posible, darme un baño. Conozco un poco la zona por donde voy a pasar, y sé que hay alguna playa fluvial en el río Valcárcel. Salgo del súper con una enorme empanada recién salida del horno y una tarta de queso (parece que ya estoy en Galicia), y continúo mi ruta pasando por Cacabelos, en cuyas bodegas me he tomado más de un vino de la tierra, e iniciando una subida constante en la que adelanto a varios “bicigrinos” con lo que eso supone para mi moral, hasta llegar a Villafranca del Bierzo, precioso pueblo que ya visité en el pasado y que recorro con detenimiento antes de dirigirme a Vega de Valcárcel, distante unos veinte kilómetros. Antes de llegar paso por Trabadelo, donde encuentro la ansiada playa fluvial, aunque sufro una tremenda decepción porque el río Valcárcel sólo lleva un palmo de agua. Un operario que está limpiando la zona me aclara que, como todavía no ha hecho calor, no han represado el agua río arriba, por lo que no me podré dar el baño previsto. En cualquier caso, me como la empanada y la tarta a la sombra de un frondoso árbol, y completo rápidamente los pocos kilómetros que me restan para llegar a Vega. Aquí me dirijo al albergue municipal, pero una peregrina me dice que no me lo aconseja, así que me acerco al albergue privado Brasil, que vi al entrar en el pueblo. Allí soy muy bien recibido por la hospitalera holandesa, y además hay poca gente (eso sí, toda extranjera), así que decido quedarme, no sin antes de asegurarme que me dejarán entrar después de las diez de la noche, hora de cierre, porque quiero ver el España-Croacia. Un peregrino brasileño me indica que no me preocupe, que él estará despierto y me abrirá la puerta.
Después de instalarme y hacer la colada, descanso un rato antes de irme al pueblo a dar una vuelta y buscarme un bar para cenar y ver el partido. Una vez localizado, me tomo un par de cervezas, y al poco rato aparecen los malagueños y Chema, acompañado de otros tres ciclistas burgaleses y con todos ellos compartiré una divertida velada, celebrando la victoria de la selección con unos contundentes orujos de la zona.
Cuando vuelvo al albergue sobre las once de la noche, la puerta está cerrada y no hay ni rastro del peregrino brasileño, así que tengo que llamar varias veces, hasta que me abre otro peregrino que me comenta que está durmiendo como desde hace tiempo. La gente tiene un morro que se lo pisa.

11ª. Vega de Valcárcel-Sarria. 60 km-5,45 h-11 km/h

Anoche, además del fútbol, el tema de conversación giró en torno a la opción más adecuada para realizar la etapa de hoy, la temida subida a O’Cebreiro considerada la más dura del Camino. Los ciclistas de Burgos llevan una carpeta que pesa medio kilo, con una completa información de kilometrajes y perfiles de todas las etapas (yo solo llevo dos folios, al igual que Enrique, uno de los malagueños, que encima los lleva escritos a mano), y nos indican que se puede subir, o bien por la antigua nacional (como hice en 2004), con una pendiente continua del alrededor del 4% de media, o por la carretera que sube directamente al pueblo, sin pasar por Piedrafita, con una pendiente media de un 8-9% y algunas rampas cercanas al 20% pero con 8 km menos. Creo que no podré subir esas rampas, así que cuando me acosté me inclinaba por hacerlo por la nacional, y así se lo dije a Chema pero cuando me levanto estoy dudoso, y no será hasta el último momento cuando tome la decisión definitiva, como he hecho durante todo el viaje.
En cualquier caso, el abundante desayuno (que va incluido en los 12 € que pago por la litera), me sirve para tomar unas fuerzas que voy a necesitar suba por un lado u otro.
A las ocho de la mañana me despide la hospitalera con un toque de campana, y comienzo a rodar. El día es frío pero soleado, y lo que es más importante sin viento, lo cual hace que las condiciones no puedan ser más propicias. Así que, animado, comienzo a rodar fácilmente porque durante los cuatro kilómetros que hay hasta el pueblo de Herrerías, la pendiente es pequeña. A partir de aquí, comienza la fiesta, porque además elijo ir por la opción más dura, que durante diez agotadores kilómetros pondrá a prueba mi forma física. Me pongo el plato pequeño, y el más grande de los piñones, y me encomiendo a todos los dioses que conozco, para comenzar subiendo una rampa del 8 % que me avisa de lo que me espera; poco después afrontaré rampas del 11 y 12 % en las que las alforjas me tiran de tal forma hacia atrás que creo que llevo velocidad negativa, porque avanzo poquísimo. A la altura de La Faba, me encuentro con un muro del 18 % que hace que se levante la bicicleta de la parte delantera, y tenga que parar varias veces para recorrer 50 metros, porque el corazón, mi gran corazón, amenaza con salirse de su sitio. Desde luego, no hay mejor prueba que demuestre que la anomalía que presentan los electros no tiene importancia. Continúo retorciéndome como una serpiente y adelanto lentamente a un japonés que va a pie, pero cuando me paro a tomar aire, me pasa de nuevo sin problemas. Al girar en dirección a La Laguna, otra rampa imponente me frena en seco y casi hago el caballito como los motoristas. Continúo por rampas del 11-14 % hasta llegar al pueblo de La Laguna de Castilla, donde la terraza de un bar se muestra como una bendita aparición, similar a cuando, en compañía de Rosi, transitaba por Ordes haciendo el Camino Inglés a pie, y apareció una señora para decirnos que el albergue estaba abierto. Me detengo, exhausto pero feliz de no haber arrastrado la bici, a tomar una cerveza y un pincho de tortilla, y el dueño me dice que lo duro ya ha pasado y que sólo me restan dos kilómetros. Respiro aliviado, y tras un descanso de media hora continuo mi penitencia. El tabernero tenía razón, porque las rampas que subo ahora “solo” son del 12 % y en pocos minutos llego al recoleto pueblo de O’Cebreiro. He tardado dos horas y cuarto más o menos en recorrer 10 km, pero el caso es que lo he conseguido. Nunca creí que pudiera subir por esas rampas, y menos cargado. Otra inyección de moral.
O’Cebreiro es un pueblo que siempre me ha encantado, porque además de entrar en Galicia, entre sus piedras, si no hay muchos peregrinos, el tiempo parece haberse detenido. Su iglesia, Santa María la Real, de origen prerrománico, me sirve de descanso y, oyendo una suave música religiosa, creo que dormito durante unos segundos mecido en un sopor delicioso.
Me encuentro con dos ciclistas madrileños que conocí en Carrión, y que siempre andan a la greña, y a los que les comentó que he quedado con los malagueños y con Chema en vernos en Sarriá, aunque me estoy planteando quedarme en el Monasterio de Samos como en 2004.
El descenso es un poco engañoso, porque entre medias se encuentran el alto de San Roque y el, a estas alturas, duro puerto del Poio a mas de 1300 metros. Menos mal que desde aquí la bajada es vertiginosa y muy divertida hasta Triacastela, con la niebla envolviéndolo todo, lo que la hace más interesante y adrenalítica.
Restan diez kilómetros a Samos, donde llego sobre las dos de la tarde, aunque mi duda sobre si quedarme o no en el albergue del Monasterio, se disipa pronto porque no abren hasta las tres y media de la tarde, así que continuo dirección Sarria y, en un duro repecho antes de llegar, alcanzo a los malagueños con los que bromeo llamándoles globeros, una palabra que sirve en ciclismo para definir el ciclista dominguero, y que Enrique, un bombero cuarentón que lleva la voz cantante del grupo, y al que Chema llama “el primo de zumosol” por su trabajada musculatura, utiliza mucho. Así, juntos, llegamos a Sarria para instalarnos en el albergue privado D. Álvaro, que me habían recomendado en la oficina de turismo de Samos. Tiene un frondoso jardín y recinto con una lareira tradicional gallega, donde el propietario nos apunta la posibilidad de tomar una copa por la noche.
Nos vamos directos a comer un menú del peregrino en un restaurante cercano, y volvemos para hacer la colada, ducharnos y descansar un rato. Chema me llama y le digo donde estamos, aunque él acabará en otro albergue.
Por la tarde doy una vuelta por una ciudad atestada de peregrinos, compro alguna provisión y me dispongo a ver, mientras ceno, el Ucrania-Inglaterra, con robo a los ucranios incluido.
Cuando regreso me encuentro con Chema, con el que me tomo una cerveza, quedando en vernos mañana en Melide, y ya en el interior del albergue, los malagueños apuran unos orujos junto a unos peregrinos italianos y una pareja de irlandeses en la que el chico es el prototipo de jugador de rugby. Bromeo con él antes de charlar un rato con los “albergueros” e irme a dormir.

12ª. Sarriá-Melide. 62 km-4 h-15,5 km/h

A las ocho salgo a la calle con los malagueños; ellos cogen el camino y yo la carretera, y comienzo a subir una larga cuesta, a la que mis músculos todavía no están acostumbrados. Llevo el forro polar, pero me lo tengo que quitar a los pocos kilómetros porque comienzo a sudar abundantemente. En Portomarín, a orillas del Miño, con imponente repecho para llegar al centro de la población, donde se encuentra la iglesia-fortaleza de S. Nicolás, hago un receso y me tomo un café con leche y una tostada, cobrándome el tabernero la nada despreciable cantidad de 2,90 € (en Alicante cuesta entre 1,50 y 2 €). Desde tiempos inmemoriales, siempre ha habido ladrones en el Camino que se aprovechan de los peregrinos. Así, en el S. XIII el ayuntamiento de Santiago llegó a reprender públicamente a los comerciantes por cobrarles en demasía. En fin, ellos sabrán.
Continúo mi ruta por carreterillas sinuosas por donde transitan decenas de peregrinos, (como añoro las etapas de la Ruta de la Lana), hasta llegar a Palas de Rey, lugar en el que me alojé cuando hice el Camino Primitivo. A partir de aquí, continuo sin dificultad por la nacional para llegar en un periquete a Melide, la capital del pulpo. Allí me busco un hostal (20 €) y después de ducharme me como un abundante menú compuesto por caldo gallego a voluntad, lacón y tarta de Santiago, con vino y gaseosa, por la ridícula cantidad de 8 €. Aprovecho que he llegado temprano para echarme una buena siesta, interrumpida por la llamada de Chema preguntándome dónde estoy. Resulta que el se aloja en el mismo sitio, y quedamos en vernos dos horas después. Una vez en la calle, llamamos a los malagueños y nos vamos a tomar unas cervezas, antes de entrar en la recomendable pulpería A Garnacha donde cenamos un exquisito pulpo a feira con cachelos, pimientos fritos y mejillones, con ese pan gallego tan rico y un fresquísimo albariño. Al acabar nos invitan a un par de orujos y, antes de acostarnos, tomamos una copa en un pub vacío (es un día laborable) cercano al hostal.

13ª. y última. Melide-Santiago. 57 km-3,25 h-17,5 km/h

Chema, que normalmente va por el camino, me dijo anoche que la última etapa la haría por carretera conmigo, así que quedamos a las 7,30 a desayunar en el bar del hostal. Después de tomar fuerzas, vamos a colocar las alforjas, mientras cae un auténtico aguacero (es la primera vez que llueve en todo mi viaje). Al poco tiempo, deja de llover y, como si fuera un buen presagio, el sol comienza a asomarse entre las nubes, lo que aprovechamos para salir. Voy yo delante porque él lleva bastante más peso que yo, y le cuesta subir. Después de pasar Arzúa, noto que he pinchado la rueda delantera, así que paro y poco después llegará mi compañero, mucho más manitas que yo, que me ayudará a cambiarla. Reanudamos la marcha, con continuas subidas y bajadas, que la hacen bastante dura, aunque la inminente llegada nos hace sacar fuerzas de flaqueza.
A diez kilómetros de Santiago, me meto por el camino, y pincho de nuevo en la misma rueda. Menos mal que un ciclista que andaba por allí, le mete a la cámara un spray repara pinchazos que la infla en un momento, y me permite continuar después de pagarle el coste del mismo. Chema llega acalorado en ese momento, y seguimos por carretera, aunque le advierto que por allí no pasaríamos por el Monte del Gozo, a lo que él contestó con un sonoro “que le den por…. al Monte del Gozo, tira para abajo”. Así, sonriendo y pensando en mi padre, alcanzamos casi al alimón la increíble plaza del Obradoiro, sin duda una de las más bonitas del mundo que, como siempre y van seis, me recibe con un sol espléndido.
Tras abrazarnos y hacer las fotografías de rigor, nos dirigimos al hostal que habíamos reservado desde Melide donde, después de instalarnos, vamos a por la Compostela, penetramos en la maravillosa Catedral para saludar a Santiago, con el que ya tengo bastante confianza y al que prometo volver otro año, y terminamos comiendo en uno de las decenas de restaurantes que pueblan esta ciudad, antes de retiramos a descansar unas horas y ponerme en contacto con Iker y Oscar y los tres malagueños, para disfrutar de Santiago la Nuit., comenzando por una deliciosa cena en El Gato Negro.
Hasta la próxima

E. LAS CIFRAS (basadas en una estimación, por la rotura del cuenta-kilómetros).

Nº. ETAPAS: 13

KILÓMETROS: 938

MEDIA DIARIA: 72 km

TIEMPO TOTAL INVERTIDO: 61 horas

TIEMPO MEDIO DIARIO PEDALEANDO: 4 horas 40 minutos

VELOCIDAD MEDIA: 15,3 km/h

ETAPA MAYOR VELOCIDAD MEDIA: la primera, Cuenca-Trillo y la última Melide-Santiago, ambas con 18,5 km/h

ETAPA MENOR VELOCIDAD MEDIA: Tarancueña-Ucero, cruzando el Cañón de Caracena, y Vega de Valcárcel-Sarria, subiendo O’Cebreiro. 11 km/h

TEMPERATURA MÁXIMA: 30º

TEMPERATURA MÍNIMA: 7º

F. LAS CONCLUSIONES

No tengo palabras para describir lo mucho que he disfrutado este Camino, sobre todo la Ruta de la Lana hasta Burgos, y la gente que me conoce lo sabe. Las inmejorables condiciones meteorológicas, unidas a la absoluta ausencia de peregrinos, los maravillosos parajes naturales, y los pequeños y despoblados pueblos llenos de historia por los que atraviesa, hacen que sea el Camino (y van seis) más interesante de todos los que he realizado. El único “pero” que le puedo poner, aunque para mi no supuso problema alguno, es la existencia de pocos albergues (paliada, al menos en temporada baja, con una importante oferta de alojamiento privado a precios razonables), y el desconocimiento que de la Ruta tienen incluso los habitantes de la zona por donde transcurre.
A partir de Burgos, y tal como me lo esperaba, la cosa cambió porque me metí de lleno en un Camino Francés lleno de peregrinos (si no llego a tener la boda, quizá me hubiera dado la vuelta), lo que le resta bastante encanto, aunque también discurre por algunas ciudades fabulosas como Burgos o León, y permite llegar a verdaderos hitos jacobeos como La Cruz de Ferro o la pintoresca aldea de O’Cebreiro, poniendo a prueba la forma física del “bicigrino” más experimentado. A su favor también está la posibilidad de conocer gente, sobre todo ciclistas, con los que normalmente vas coincidiendo en el resto de etapas, permitiendo gozar de momentos de compañía, que a veces son necesarios en un viaje tan largo.


G. LOS CONSEJOS

De nuevo, suscribo todo lo dicho en mi diario de viaje de la Ruta de la Plata, actualizado convenientemente:

1- Aconsejo realizar el camino en solitario. A mi edad (49 añacos) no es fácil encontrar alguien con el mismo estado físico, con la misma filosofía de vida o con inquietudes similares; por tanto, es mucho mejor hacerlo solo, durmiendo donde te apetece, parando cuando el cuerpo te lo pide, disfrutando de la soledad rodando por un paisaje agreste, o entablando amistad con otros peregrinos, sin tener que depender de nadie.
Para mí, es una sensación de libertad que sigue resultando fascinante

2- Entrenar lo máximo posible. Cuanto mejor sea el estado de forma, más fácil será realizar el Camino y podrás disfrutarlo en vez de padecerlo.

3- Llevar poco peso en las alforjas; recomiendo no más de 8 kg a lo que hay que unir el peso de un bidón de agua en el cuadro de la bicicleta, y el de la bolsa de herramientas, para alcanzar un máximo de unos 10-11 kg (he visto verdaderas barbaridades de equipaje, tanto a pié como en bicicleta, sobre todo por falta de experiencia).

4- La alimentación e hidratación son básicas. Hay que beber continuamente y comer algo al menos cada dos o tres horas. No hay que esperar a tener hambre o sed para comer o beber, porque te puede dar la famosa “pájara”, o un golpe de calor que, como mínimo, te harán polvo la etapa, cuando no supondrán el final de la aventura.

5- En épocas de calor, aprovechar al máximo las horas de la mañana, e intentar llegar al destino de cada etapa, como máximo a las tres de la tarde, para evitar tener que pedalear después de comer (imposible para mí), y poder hacer turismo en las localidades por donde transitas.

6- Aunque lleves la lógica planificación, déjate llevar por el instinto y toma las decisiones pertinentes en el último momento. Nunca se me olvidará la frase de Antonio, un “bicigrino” al que conocí en mi primer Camino Francés: “Víctor, no hagas demasiados planes, El Camino te lleva......” y tenía mucha razón.

7- Disfrutar de los pequeños momentos: comer un bocata al lado de un río puede ser tan gratificante como hacerlo en un restaurante reputado, circular en solitario rodeado de niebla, acompañado del vuelo de una pareja de rapaces es mucho más atractivo que hacerlo en coche cómodamente sentado, o mantener una conversación con un abuelo de edad indefinida, puede resultar mucho más interesante que con otro tipo de personas aparentemente más cultas.

8- Hasta Burgos es difícil porque son escasos los albergues, pero, a partir de aquí, recomiendo dormir en albergues de peregrinos, sobre todo porque puedes conocer otras personas en las mismas circunstancias que tú, pero no está de más darse algún homenaje de vez en cuando, en forma hostal, pensión, hotel.... que permita descansar mejor. Para ello, es mejor aprovechar el paso por ciudades monumentales porque te permitirá verlas iluminadas, y contemplar una belleza distinta a la que presentan a la luz del día (en los albergues la hora de cierre está alrededor de las diez de la noche).

9- El mayor enemigo del ciclista no es el calor, el frío o la lluvia, sino el viento, que además, cuando sopla, parece que siempre lo hace de cara y que ralentiza apreciablemente la velocidad media. Hay que tenerlo muy en cuenta, para poder calcular los kilómetros que podemos hacer en una etapa.

10- Disfrutar de las ciudades y pueblos por los que se circula, empaparse de su arte, de sus gentes, de su paisaje, de su gastronomía, e incluso en algunos casos de su soledad, a pesar de las inclemencias del tiempo y del cansancio que se va acumulando día a día. He pedaleado por lugares tan maravillosos, que no cambiaría por algunas de mis experiencias en remotos lugares asiáticos.

11- En los albergues en los que sólo se exige donativo, ser generosos con el mismo, porque tu ayuda permitirá que otros peregrinos puedan utilizarlos después de tí.






























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MensajeTema: Re: De Cuenca a Santiago por asfalto, a través de la Ruta de la Lana   Vie 06 Jul 2012, 8:56 pm

Hola.

Mira ese es el pedazo que me falta a mi.

Enhorabuena!!!

Very Happy

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erromes xabier

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MensajeTema: Re: De Cuenca a Santiago por asfalto, a través de la Ruta de la Lana   Vie 06 Jul 2012, 11:48 pm

Enhorabuena victormiguel,estoy totalmente de acuerdo con todas las conclusiones que sacas de este camino,solo una cosa es la que no me gusta,la de ir por carretera.
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grammaticuslatinus



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MensajeTema: Re: De Cuenca a Santiago por asfalto, a través de la Ruta de la Lana   Lun 31 Mar 2014, 4:12 am

 Aunque sea casi dos años después, enhorabuena.
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MensajeTema: Re: De Cuenca a Santiago por asfalto, a través de la Ruta de la Lana   

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De Cuenca a Santiago por asfalto, a través de la Ruta de la Lana

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